Debido a que esta historia incluye a terceras personas que no quiero mencionar, tengo que ahorrarme las partes más explicativas, pero digamos que nunca he sido muy fan del camino que marca la sociedad y que, para bien o para mal, siempre he tenido muy presente que la forma más sencilla de ser profundamente infeliz es ser una ovejita más siguiendo los pasos que todo el mundo sigue.
Teniendo esto en mente, en abril de 2018 comencé con las prácticas que me harían terminar mis estudios (un grado superior del que ya hablaremos en otra ocasión). Al terminar, me ofrecieron quedarme: un trabajo normal, de 8 horas con el que ganaría un sueldo bastante mediocre, pero oye, mira: un sueldo al fin y al cabo. ¿Lo que cualquiera querría, no? Terminar los estudios y quedarte ya colocado ganando tu dinerito a final de mes y pudiéndote permitir un par de caprichos y, posiblemente, un alquiler con tu pareja o en un piso compartido con tus colegas en pleno centro de Madrid. Y no sé cómo te sonará esto, pero en cuanto me figuré una vida así me sobrevino una sensación de angustia enorme.
... que solo duró dos meses. No estaba nada cómoda con el trabajo, y cualquiera que hubiera estado en ese puesto me habría llamado loca porque el jefe pasaba de todo y podías estar haciendo lo que te viniera en gana durante tus horas de trabajo. Sí, ¿y qué? ¿qué me aportaba eso, ir a un sitio a perder el tiempo y que me pagasen por ello? Pues quizás suene a utopía para muchos, pero yo al menos necesito sentirme realizada; sentir que lo que hago vale para algo y que si madrugo cada día y aguanto una hora siendo aplastada en el maldito Metro es para algo.
Este último trabajo se adaptaba más a mí: era en una escuela de Shiatsu con un ambiente totalmente diferente al de los otros dos sitios (hilo musical, incienso, silencio, gente haciendo yoga para calentar antes de comenzar las clases...). Además, el horario era perfecto para poderlo compaginar con mis proyectos porque eran tan solo 5 horas. ¿Qué podía ir mal? Pues entre otras cosas, esa vocecilla insoportable que tenemos los que estamos destinados a ser emprendedores que te dice "¿Pero qué haces trabajando para otros? ¿Sabes que si te dedicases el 100% a tus proyectos te irían mejor y podrías vivir de ellos? ¿A qué esperas, petarda?"... y la maldita voz parece haber ganado la batalla, así que tras finalizar el contrato, me quedaré en la calle. Esta vez sin excusas, sin buscar otro trabajo "por si acaso". No, Almudena*, no. Esta vez de verdad.

